¿Conocéis al dopado Evan Fields? Ahora tiene una estatua en Atlanta… La historia oscura de Evander Holyfield

Daniel Pi
@BastionBoxeo

Llenos de orgullo, la pasada semana políticos y autoridades sociales desvelaron en Atlanta una estatua en la que se representa al exboxeador Evander Holyfield, que fue campeón indiscutido del peso crucero y del peso pesado además de bronce olímpico como amateur. Tal y como sucede con todo destacado deportista estadounidense, los medios de su país y sus compatriotas le idolatran en gran medida, esperando ellos que todos los demás no estadounidense del mundo debemos imitarlos. De hecho, muchos cumplen con dichas expectativas y reverencian a Holyfield incluso aunque está vinculado directamente con el dopaje.

Como en todo caso de dopaje, antes de la gran revelación llegaron las sospechas sin pruebas, aunque ciertamente estas resultaron muy llamativas. Y es que, tan atrás como en 1988, Holyfield hizo una brutal transformación física, ganando 9 kg, en gran parte músculo, en 8 meses, o si se prefiere 10,5 kg en los 12 meses desde su segundo combate ante Dwight Muhammad Qawi hasta su pugna contra Pinklon Thomas. Se debe subrayar que Holyfield era un peso crucero “ligero”, ya que siempre estaba en el pesaje en torno a un kilogramo por debajo del techo de la división [entonces 86,2 kg], cosa que indicaba que daba su peso naturalmente y no necesitaba deshidratarse. De ese modo, la ganancia de una decena de kilos en tan poco tiempo no puede achacarse a que al ascender al peso pesado dejó de encarar los pesajes deshidratado, ya que nunca lo estuvo.

Cualquiera con ciertos conocimientos de musculación sabe que ganar kilogramos de músculo es un proceso muy largo y trabajoso y que incluso sumar unos pocos kilos, se tenga la genética que se tenga y las máquinas que se posean, puede llevar bastantes meses e incontables horas de sangre, sudor y lágrimas, más aún si se tiene que compaginar con trabajo técnico pugilístico. Corren por Internet imágenes en las que se muestran el antes y el después de la increíble transformación de Holyfield que impactan a primera vista y que ya en su día dibujaron grandes interrogantes, aunque fueron tapados por las olas de idolatría.

De todos modos, existe una prueba muchísimo más determinante y que no se puede pasar por alto. Y es que, tras mucho tiempo de sospechas de los pocos que se interesaban entonces por el dopaje en el boxeo, y con algunos estando cada día más seguros de que algo raro había, en 2007 finalmente Holyfield fue atrapado en un caso de dopaje, el caso que se conoce como “Evan Fields”.

En febrero del citado año, y tras una cuidadosa investigación, el FBI realizó una redada en un laboratorio de Alabama que suministraba esteroides ilegales y hormona del crecimiento humano, elemento que todavía hoy puede ser muy difícil de detectar en muchos tests y que décadas atrás era totalmente indetectable. Pues bien, en los documentos del laboratorio en los que se encontraban los nombres de los deportistas que recibían sustancias ilegales de esta compañía se encontraba el de “Evan Fields”, que había adquirido viales de testosterona sintética y hormona del crecimiento humano entre otras.

Debe destacarse que los laboratorios de dopaje usan muchas veces nombres en clave para referirse a sus clientes, y en todos los países en los que se han hecho investigaciones de ese tipo los policías han tenido que descifrar, a veces sin éxito, a quiénes pertenecían los nombres escondidos tras las claves. Con todo, en el caso de Evan Fields, que es una contracción del nombre Evander HolyField, no era necesario ser Sherlock Holmes para sospechar de a quién pertenecía.

De todos modos la historia no queda ahí, sino que en la ficha del tal “Evan Fields” aparecía como calle de residencia la siguiente: 794 Evander, Fairfield, Ga. 30213. Esta dirección, además de integrar el nada habitual nombre de Evander, era extremadamente similar (con algunas modificaciones) a la del propio Evander Holyfield, lo que hacía que se estrechase todavía más el cerco sobre quién se ocultaba detrás del pseudónimo Evan Fields, quien precisamente tenía como fecha de nacimiento una idéntica a la del boxeador. Finalmente, poniendo la guinda en el pastel, los investigadores del FBI decidieron llamar al número de teléfono que aparecía asociado en la ficha de Evan Fields, encontrándose con que quien contestó al otro lado de la línea fue Evander Holyfield, que se identificó por su nombre, dado que habían llamado a su casa.

Si todo esto por sí sólo no fuese suficiente, en septiembre de ese mismo año Holyfield fue relacionado con otro laboratorio que suministraba sustancias dopantes, en este caso de Orlando, por lo que si es que quedaba alguna duda esta se desvaneció ya definitivamente.

Decía un político que lo mejor que se podía hacer si se quería conseguir que la verdad sobre algo nunca se conociese era formar una comisión de investigación, que fue precisamente lo que anunció que haría Holyfield para intentar limpiar su nombre una vez que se conoció esta historia, si bien todavía esta por ver que esa investigación personal e independiente dé algún resultado que desmienta a la investigación policial. Por otro lado, Holyfield, si verdaderamente estaba limpio de culpa, debería haber demandado a quienes publicaron en su día esas informaciones o a los agentes que las dieron a conocer, pero nunca se produjo una actuación judicial del púgil, algo que resulta muy significativo.

La gran pregunta que se harán muchos a continuación es si habían tantas pruebas y tan serias que rodeaban a Holyfield por qué no se emprendieron medidas contra él. Pues bien, por un lado, no hace falta ir muy lejos para darse cuenta de que los dopados en el deporte y en el boxeo en concreto se pasean como “Pedro por su calle”, habiendo muchos probados dopados que desarrollan su carrera sin problema alguno y que generan grandes ingresos o que incluso acceden al Salón de la Fama cubiertos de aplausos. Los ejemplos son demasiados como para enumerarlos.

Por otro lado, no hay que olvidar que todos los países instrumentalizan a sus grandes deportistas para cuestiones político-sociales y perseguirlos no les resulta productivo, menos aún si son medallistas olímpicos. Al contrario, es sabido que varios casos de dopaje de grandes deportistas estadounidenses fueron deliberadamente lanzados bajo la alfombra, siendo conocido también que actualmente muchos poseen excepciones médicas (TUE) totalmente irracionales con los que se dopan libremente, mientras que otros utilizan punteras sustancias de diseño indetectables creadas en laboratorios que sólo podrían seguir adelante con financiaciones multimillonarias y equipos de investigación de élite… En definitiva, sólo hay que recordar aquel documental emitido por ESPN, que precisamente no son “teóricos de la conspiración” (más bien todo lo contrario), en el que se explicaba que si se hiciesen tests ahora a las muestras B del atleta Carl Lewis más del 90% darían positivo.

Los aficionados, lanzados exclusivamente contra el espejismo de sus grandes combates, no pueden conocer la completa historia de Holyfield, y de ningún modo pueden ser culpables o debe reprochárseles que alaben al púgil. De hecho, muchos críticos tampoco conocen la historia por edad, por la barrera del idioma, porque por azares del destino no han tenido la oportunidad de conocerla o por el hecho de que se han topado con el evidente interés que existe por ocultarla, así que tampoco se les puede achacar demasiado a ellos. Sin embargo, todo gran experto estadounidense en boxeo conoce esta historia, mientras que las autoridades políticas norteamericanas, obsesionadas con quedar bien de cara a la galería, no homenajearían a alguien sin investigar su pasado. Así que lo verdaderamente sangrante es que los políticos, organismos boxísticos y expertos pugilísticos hagan estatuas y escriban historias épicas de personajes con una mancha tan grande en su expediente como Holyfield a sabiendas de que las tienen. Y es que, de hecho, en gran medida lo hacen para contribuir a enterrar las páginas más bochornosas de sus trayectorias.

Una vez que se conoce la oscura historia oculta de Holyfield hay sólo tres opciones. Uno, olvidarla deliberadamente y seguir alabando al ídolo con pies de barro. Dos, tratarlo como lo que es, un boxeador con grandes cualidades pugilísticas que hizo trampas y cuyos méritos por lo tanto deben ponerse junto a un inmenso interrogante o incluso descartarse. Y tres, pensar que la estatua no es un homenaje a Evander Holyfield sino al dopado Evan Fields, que fue quien conquistó los cinturones y las victorias.

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