Doble corrupción en Baumgardner-Miranda y Marshall-Green ante gran audiencia potencial
Daniel Pi
@BastionBoxeo
Es comprensible, aunque para nada respetable, que la élite en las sombras del boxeo quiera que los combates tengan los resultados que ellos deseen para poder amortizar el esfuerzo y el dinero invertidos y llevar a cabo sus planes deportivos y extradeportivos. Pero lo que ni siquiera resulta comprensible es que sean partícipes de robos cuando más daño le pueden hacer al boxeo, a no ser que su objetivo principal sea la autodestrucción del deporte a través de la total pérdida de credibilidad.
Y es que, desaprovechando la oportunidad de oro que otorgaba la emisión del evento Taylor-Serrano III a millones de hogares a través de Netflix, la cartelera ofreció dos peleas muy controvertidas y en las que la mayoría de aficionados no coincidieron para nada con las cartulinas de los jueces.
Por un lado, el combate por el título indiscutido del peso superpluma entre la estadounidense Alycia Baumgardner 16(7KO)-1 y la española Jennifer Miranda 12(1KO)-1 tuvo unas de las peores tarjetas del año en peleas femeninas.
Y es que, aunque Bastión Boxeo puntuó la pelea como un empate, y muchos aficionados le dieron incluso el triunfo por un asalto a Miranda (puntuación razonable también), dos de los jueces le dieron todos los asaltos menos dos a Baumgardner (el restante todos menos tres). Es decir, en una muestra de cartulinas prefijadas antes del combate y de espantosa corrupción, convirtieron lo que fue una pelea muy difícil para la “campeona” en una amplia victoria. De todos modos, aunque esto es indignante, no resulta por desgracia sorprendente teniendo en cuenta que a Baumgardner se le perdonó un positivo por dos esteroides.
La bravucona Baumgardner intentó aprovechar su explosividad inicialmente, pero se topó con los firmes directos, especialmente a la contra, de Miranda, que generó enormes problemas tácticos para la boxeadora local. En varias ocasiones, Baumgardner logró aprovechar su ventaja en contundencia para marcar la diferencia en rounds embarrados e igualados, destacando el esfuerzo que realizó con sus golpes de poder en un decisivo último round. Pero por lo demás, el simple pero eficaz boxeo en distancia larga de Miranda le sirvió para anotar manos nítidas e incomodar mucho a Baumgardner, que tuvo una de las peores actuaciones de su carrera, mostrándose una vez más incapaz de dominar u ofrecer ajustes sólidos si su rival no se doblega ante su pegada y despliega una réplica sostenida.
Por el otro lado, en la unificación de coronas del peso supermedio entre Savannah Marshall 13(10KO)-2 y Shadasia Green 16(11KO)-1, además de ser un mal combate, en el que ambas mostraron una papable falta de habilidad y una tosquedad impropia de lo que debería ser una pelea entre monarcas, los jueces cometieron un claro robo. Prácticamente ningún observador imparcial vio a Green vencer, y uno de los jueces le dio a Marshall un 96-93 (igual que Bastión Boxeo), si bien los otros dos dieron 94-95 y 93-96 para Green, siendo uno de ellos Tom Schreck, quien curiosamente escribe una columna semanal en la que intenta justificar el mal trabajo de los jueces.
Aunque Marshall ha involucionado en su técnica, y aunque llevaba dos años sin boxear, todavía le basta para ser más efectiva que la limitada Green, que durante aproximadamente la primera mitad hizo poco más que recurrir a insistentes agarres. Por este motivo, por reiteración en los clinches, perdió un punto, por lo que antes de la mitad de la pelea su derrota parecía cerca de quedar asegurada. Sin embargo, con un fuerte pero fortuito golpe de poder a la sien, Green dejó claramente tocada a Marshall en el quinto round, costándole varios asaltos a la británica recuperarse. Con todo, finalmente lo logró y se volvió a hacer con el control táctico hasta la conclusión.
Al margen de que se han podido perder potenciales aficionados casuales al boxeo ofreciéndoles un muy decepcionante combate estelar y algunas peleas de respaldo nada refinadas táctica o técnicamente, además de embarradas, para hacer peor la situación para el boxeo, tras el evento quedaron “afianzadas” con corruptas cartulinas una campeona indiscutida con positivo en dopaje y una campeona unificada que es una exjugadora de basket reconvertida. Así, lo que se vendió como un hito en la historia del boxeo femenino, terminó siendo un descalabro para el mismo que no ayuda en nada a la situación general por la que pasa el pugilismo, que parece empeñado en alejar de sí a toda costa a los buenos aficionados y encaminarse hacia la extinción.

Double Corruption in Baumgardner–Miranda and Marshall–Green Before a Vast Potential Audience
Daniel Pi
@BastionBoxing
It may be understandable—though by no means respectable—that boxing’s powers that be want fights to end the way they see fit, so they can recover investments and execute their sporting and non-sporting agendas. But what’s truly beyond comprehension is their involvement in blatant robberies at moments when it can inflict the most damage on the sport—unless their real goal is boxing’s collapse via total loss of credibility.
And that’s precisely what happened during the Taylor–Serrano III card, which—broadcast to millions of homes through Netflix—was a golden chance to showcase boxing. Instead, the event featured two controversial fights, with the majority of fans disagreeing entirely with the judges’ scorecards.
One of those bouts was the undisputed super featherweight title fight between American Alycia Baumgardner 16(7KO)-1 and Spain’s Jennifer Miranda 12(1KO)-1, which produced some of the year’s worst scoring in women’s boxing. Although Bastion Boxing scored it a draw, and many fans even gave Miranda a narrow win—also a reasonable take— two judges gave Baumgardner all but two rounds, and the third gave her all but three, turning what had been an extremely difficult fight for the «champion» into a wide victory. It felt like scorecards written before the bell—a striking example of entrenched corruption. Still, this unjust verdict was sadly unsurprising, given that Baumgardner was forgiven for a positive doping test for two steroids.
Baumgardner initially tried to make use of her explosiveness, but she ran into Miranda’s firm straight punches, especially on the counter, which created major tactical difficulties for the hometown fighter. Although Baumgardner used her punching power to edge out muddy, close rounds and made a strong push in the decisive final round, the rest of the fight saw Miranda use simple but effective long-range boxing to land clean shots and frustrate Baumgardner, who gave one of the worst performances of her career: once again, she failed to dominate or make real adjustments when an opponent didn’t yield to her power and fought back consistently.
The other fight was a super middleweight unification between Savannah Marshall 13(10KO)-2 and Shadasia Green 16(11KO)-1, which turned out to be a poor match both tactically and technically. The lack of skill and rough execution were far from what a title fight should be—and the judges made it worse. Hardly any neutral observers had Green winning, yet while one judge scored it 96–93 for Marshall (identical to Bastion Boxeo’s scorecard), two others gave Green the edge with scores of 94–95 and 93–96. One of those judges was Tom Schreck, who curiously writes a weekly column justifying poor judging.
Although Marshall had regressed technically and hadn’t fought in two years, she still has enough to be more effective than Green, who relied heavily on repetitive clinching in the early rounds. Because of repeated clinching, she was docked a point, so before the halfway mark her defeat already seemed all but sealed. However, with a strong but fortunate power shot to the temple, Green visibly hurt Marshall in the fifth round, and it took the Brit several rounds to recover. Still, she eventually did and managed to regain tactical control until the final bell.
Beyond the potential loss of casual boxing fans—due to a deeply disappointing main event and undercard bouts lacking tactical and technical refinement, many of them messy—the sport’s situation worsened as the event concluded with “validated” champions through corrupt scorecards: one an undisputed titleholder who tested positive for doping, and the other a unified champion who is a converted basketball player. Thus, what had been sold as a milestone in the history of women’s boxing ended up as a setback for the sport itself—one that does nothing to help the current state of pugilism, which seems determined to drive committed fans away and march blindly toward extinction.









